EPIFANÍA. ACTO III. (Ronda de Blogs Colaboradores)

1:54


Buenas!! Al fin parece que asomo la cabeza tras una pequeña crisis temporal escritoril. Traigo el nuevo capítulo de EPIFANÍA que viene con algo de retraso. Como ya comenté en su momento estoy en esa odiosa ruptura con mi teclado, y tenemos que reconciliarlos poco a poco.
Me dijeron que con chocolate podría solucionarse, y sí, ha sido muy útil!

En este nuevo capítulo espero dar un empujón a la trama. Estaba un poco aburrido, lo sé, igual con esto se anima la cosa un poquito.

Quisiera dar las gracias a los que leeis. Sobretodo a Sebastian, que me lee forzado y me rescata cuando estoy perdido. Está condenado a ser el lector 0 de mil historias que no termino. 
Sin más que decir, os dejo con el capítulo! 





La gran habitación blanca de Thimoty permanecía en la penumbra, y justo en el centro habían construido una tienda de campaña improsivada. La luz de una candela flameante se filtraba desde el interior de la cabaña a traves de la blanca sabana con la que se protegían. Era Tod quien sujetaba la vela, mientras relataba en susurros el inicio de una macabra historia que años atrás le había robado el sueño más de una noche.

» Samery era una niña malcriada y consentida que había nacido en el seno de una familia rica. Lo tenía todo, pero todo era practicamente nada para ella. Se trataba de una niña caprichosa y avariciosa, y siempre quería más y más. Aunque aquello que anhelaba con más fuerza en el fondo de su ser era algo que jamás obtendría.
Vivir en la comodidad de la riqueza le había dotado de un caracter repelente y poco atractivo, y no tenía amigos en el barrio, lo que la dejaba a espensas de su amiga soledad, disfrutando tan solo con ella los placeres de su vida personal.
La historia transcurre en la antesala del invierno más frío que viviría Samery jamás, una noche de brujas en la que ella decidió tentar a la suerte y celebrar una pequeña fiesta privada. Los había invitado a todos, en lo que parecía un grito desesperado de atención. Había prometido terror en la noche de brujas, y había enviado invitaciones a todos los niños del barrio y tambien a los de al menos otros cinco barrios circundantes.
“Está cordialmente invitado a una exclusiva noche con todo incluido en el reino de los muertos.” citaba la inscripción perfectamente garabateada con la pulcra caligrafía de Samery. Encuadernado en cartón negro manchado con diferentes tonos de tinta simulabo manchas de sangre.
Las horas previas al inicio de la fiesta fueron agridulces. Sus padres en aquella ocasión habían salido a una cita con los magnates del país, y Samery, como de costumbre, se había quedado sola. Si bien la criada Fatima era la encargada de cuidar de la pequeña durante la ausencia de sus padres, no está de más citar que era la única tarea de la que se escaqueaba con frecuencia. Fatima descuidaba a Samery, y Samery se aprovechaba de ello con regularidad.
Los invitados parecían retrasados, y Samery aguardó en el vestibulo ansiosa por dar la bienenida a sus preciados invitados. Aquellos amigos que no poseía. Y que se moría por conseguir.
Las horas pasaron lentamente, y cada minuto suponía una gota de agua helada que erosionaba la ilusión de Samery. De ella a medianoche tan solo quedaba la encorbada figura de alguien roto. Como si se tratara de un maniquí de cristal agrietado.



Había ideado la mejor fiesta de la noche de las brujas. Había pasado semanas organizandola y redactando las invitaciones una a una.
Su grito de auxilio no había sido escuchado.
Y aquello la convenció de que la única opción restante era gritar más fuerte.

Subió las escaleras hasta el piso de arriba a tientas. Como uno de esos zombies que aparecen en The Walking Dead


   ¿The Walking Dead? — interrumpió Thimoty al instante. Tenía los ojos como platos escuchando el relato de Tod.
   La serie. ­— respondió Bastian instintivamente, sin apenas desviar la mirada de su hermano.
Tod carraspeó la voz y la vela que sostenía con ambas manos se apagó. Se quedaron a oscuras en la habitación, pero Thimoty encendió una de sus cerillas y la prendió de nuevo.
   Gracias. ­— musitó Tod en un gritito desafinado de agradecimiento.
   De nada. — dijo Thimoty sonriente, para después introducir la mano en su bolsa de caramelos y extraer una de esas esferas rojas que rompía con sus perfectos y diminutos dientes blancos. — ¡Continua!

» Como iba diciendo... Samery subió las escaleras. Parecía hipnotizada, como si se moviera por los instintos más primitivos de su existencia. No sabía cómo pero algo se había roto en su interior, se había liberado de la cascara y lo que había permanecido dentro tanto tiempo se había dado un paseo por el mundo cruel y carente de sentido que era su vida, y le entraron unas ganas irremediables de volver a la cáscara, pero lo que estaba roto... No podía ser reparado.
Caminó hasta el baño y abrió el grifo de la bañera. Después se volvió frente al enorme espejo del tocador y se miró. Abrió un amplio cajón y rebuscó entre los antidepresivos y la crema hidratante algo que le fuera útil.
Había prometido una noche en el mundo de los muertos para ella y para los demás. Y ella era tan caprichosa que quería su noche costara lo que costara.
Se desprendió de su gala lentamente y las prendas de ropa permanecieron en el adoquinado suelo del baño para presenciar como el cuerpo desnudo de Samery se introducía en la bañera.
Quemaba.
El aire estaba saturado de humedad y una capa densa de vaho lo cubría todo. Gotas de agua precipitaban en el espejo guiadas por la gravedad, como las lágrimas de un ángel dejando grietas en el cielo.
El cuerpo de Samery se introdujo al completo en la bañera, y aguardó a que la marea la cubriera hasta el cuello. Respiraba lentamente sujetando algo en su mano. No le temblaba el pulso, y el movimiento posterior simuló el gesto hábil y preciso de una cirujana. El sonido del agua se escuchaba sobre un denso silencio que acabó roto por un gemido de placer. Y rato más tarde, cuando el agua se desbordó de la bañera, brotaron de su interior cascadas de un liquido que no era incoloro. Sino púrpura.



Aquella fue la última noche de Samely en el mundo de los vivos.
Nunca pudo volver de su visita al reino de los muertos...

Lo que sucedió en las horas posteriores a la muerte de Samely fue algo inaudito. Se escucharon gritos en todos los alrededores. Una de cada cuatro casas en dos kilometros en la redonda presenciaron la peor desgracia posible. La muerte de un hijo.
La investigación policial la relacionaba directamente con el caso Samely, puesto que todos los difuntos tenían en su posesión, o habían tenido en algun momento, una invitación para la fiesta en casa de la niña consentida del barrio.
Todos habían muerto la misma noche en extrañas discustancias y tras un grito desgarrado de terror. Y por más evidente que pareciera no había ninguna prueba feaciente que pudiese corroborar la principal sospecha de la investigación.
Samely se había suicidado horas antes de la primera muerte súbita. No existía forma alguna de que hubiese podido cometer un crimen en serie de ese tipo. No al menos una prueba física y cientificamente correcta.
Nunca pudieron relacionar ambos casos, aunque para los creyentes de los fantamas había ciertas coincidencias intrigantes. Parecía que Samely se había vengado de aquellos que no habían acudido a su fiesta.

Hoy en día hay algo que continúa ocurriendo años después de los sucedido. No se sabe como. No se sabe por qué. No se sabe ni si son autenticas o no lo son. Cada treinta y uno de octubre desde aquel entonces se encuentran invitaciones identicas a las de Samely, escritas con su misma pulcra y elegante caligrafía, depositadas misteriosamente en los buzones del pueblo.
Nunca nadie ha visto al cartero dejarlas, simplemente aparecen. Invitando a los hijos de las familias a acudir a una pequeña y fiesta privada en el mundo de los muertos junto a ella...
Y lo más curioso es que aquellos que reciben la invitación, por increible que parezca, acaban de la misma forma que aquellos tantos niños de aquella noche fría de brujas. Muriendo tras un grito desgarrado de dolor.





Tod rebuscó entre las tiras de su disfraz algo que había escondido antes de salir de casa. No apartó la mirada de sus espectadores, que le observaban confusos.
Su hermano deslizó entre sus ropajes un pequeño trozo de cartón negro. Tenía las estampas decorativas de color rojo, simulando la sangre de las invitaciones de Samely.
   Hoy me ha llegado la invitación a mi...dijo en un susurro el bardo.


Depositó pues la invitación al alcance de la luz de la vela, y tanto Timothy como Bastian pudieron leer la bonita caligrafía con la que había sido escrita la invitación.



“Está cordialmente invitado
a una exclusiva noche con todo incluido
en el reino de los muertos.”









   ¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!! ­— gritó Tod con toda la fuerza de su voz. Estaba muriendo tal y como había ocurrido en su historia. Se quedó rígido por un momento y apagó la vela del bufido que pegó. Cayó de espaldas y permaneció en la misma posición por un tiempo que empezó a preocupar a los pequeños.

Thimoty por increible que pareciera había dejado de mascar caramelo. Observaba el cuerpo engarrotado de su invitado con horror. Ambos respiraban agitadamente mientras que Tod, desde donde estaba, parecía no hacerlo.
Bastian empezó a gemir de miedo, y a gruñir el nombre de su hermano en voz baja.
Entonces, tras un largo rato inmoviles, se escuchó el gong de la campana que marcaba el fin de la jornada. Era hora de volver a casa, y Tod se levantó risueño de su escena del crimen inventada. Encendió la luz de la habitación mientras se paseaba por la habitación recogiendo su bolsa de caramelos y la de su hermano.
   Tenemos que marcharnos ya Bastian. — fueron las primeras palabras de Tod tras el resurgir de su fingida muerte. ­— Ya ha pasado una hora.


***

Mientras tanto en la planta de abajo Regina regresaba del exterior. Parecía agotada, y llevaba entre sus manos una sabana arrugada y manchada de tierra. Caminó cojeando a través del salón manchando el suelo de fango, y se acercó al sofá donde dencansaba sin vida el cuerpo de un pequeño niño que hacía poco había muerto.
Había sido el primero en entrar tras el ofrecimiento de caramelos gratis. El pequeño cuerpo de Bastian, tan energetico y lleno de vitalidad había demostrado el espiritu suficiente como para soportar lo que aquella noche le deparaba.

Tras morir.

El corazón de Bastian volvería a latir.

Con un gesto sutil acarició el rostro del cadaver. Una lágrima de sangre se había deslizado por su mejilla y Regina se la limpió. Después lo besó en la frente y se alejó para volver a mirarlo de nuevo.
   Hijo mío... — susurró. — Bienvenido.


QUIZÁ TE PUEDA INTERESAR TAMBIÉN...

2 comentarios

  1. ¿WHAT? jajajaja
    ¿En serio me lo has matado? Esperaré a leer el último capítulo jaja
    Me ha gustado mucho el capítulo. La idea de la leyenda que cobra vida está muy bien.
    La única pega es que he visto algunas palabrillas que tendrían que llevar tilde.

    ¡Enhorabuena guapo! Sigue así ^^
    P.D. No hay nada que no se arregle con un poco de chocolate jajaja Excepto si te lo ofrece una señora como Regina en la noche de Halloween ;P

    ResponderEliminar
  2. Me he quedado muerta xD No sé bien qué niño es el que aparece muerto al final, tendré que leer el siguiente :P
    Yo lo que he visto es que en mitad de la leyenda dejaste de escribir Samery y pusiste Samely.
    Un beso, me está encantando ^^

    ResponderEliminar