EPIFANÍA. ACTO IV y EPÍLOGO. (Ronda de Blogs Colaboradores)

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Buenas a todos! Hoy es un día triste. Me despido de una historia más.
Y lo cierto es que tengo que despedirla con sentimientos encontrados. Ha sido una historia dificil de contar, puesto que no tenía NI idea de qué contar en absoluto. 
No voy a negar que había muchas ideas al principio, pero ahora que lo leo desde la lejanía descubro que no hay casi nada, por no decir nada, de ese guión original que tenía pensado para EPIFANÍA.
Si tuviera que describirla, lo haría como una historia que intenta ser de terror.
Una historia que te hace pensar, y que ha sido escrita sobre la marcha dejándose aconsejar por la brújula del escritor perdido.
Escribir así es complicado, puesto que cuando acababa un capítulo sentía la extraña sensación de desconocer qué era lo que iba a acontencer a continuación, y por ello ha salido de esta manera.
Sin más dilación os dejo con el capítulo. 

Disfrutadlo.


Tod caminaba tras ellos. Escuchaba constantemente el cuerpo de Thimoty crujir, como si se estuviera rompiendo por dentro.

Por increible que pareciera la planta superior se trataba de un laberinto tétrico y espeluznante. Llevaban ya al menos cinco minutos recorriendo los pasajes que se desplegaban ante ellos, los cuales parecian ofrecer posibilidades infinitas y todas ellas erroneas.
Bastian caminaba junto a su nuevo amigo Thimoty, quien lo sujetaba de la mano y tiraba de él hacia la salida. Ambos parecian muy contentos de haberse conocido, y Tod los observaba desde atrás sin comprender del todo porqué.
Todos los cuadros de las paredes eran retratos de tamaño desmesurado, quizá fuesen familiares antiguos de la familia atrapados en el lienzo, eternamente condenados a curiosear desde la inmortalidad que les confirió el pintor. Tod ya había sentido sus ojos entrecerrarse, agudizando la vista. Pero en aquella ocasión le pareció incluso ver a uno de esos retratos moverse. Se paró en seco mirando con detenimiento la pintura intentando detectar el más minimo movimiento.

Y Gregory Zmaghorya,
quién estaba retratado, supo disimular muy bien.

   ¡Tod no te quedes atrás! — gritó su hermano desde la lejanía. Su voz parecía un eco, y cuando Bastian observó a su alrededor descubrió que se había quedado solo en aquel pasillo.
Se adelantó a paso ligero, casi corriendo, en busca de los dos pequeños que se habían adelantado sin esperarle. Corrió hacia una desviación y se encontró con dos caminos diferentes a seguir. Miró en ambas direcciones indeciso, notando una extraña presión en el pecho que le oprimía la capacidad de respirar.
   ¿Bastian? — preguntó Tod a la nada absoluta que se cernía en rededor.
El eco fue quién le respondió. La voz lejana de su hermano llegó desde el pasillo que se deslizaba a su derecha, el cual recorrió velozmente hasta su extremo opuesto. De nuevo había dos caminos posibles.
   ¡Esperadme! — gritó Tod temeroso. — ¿Dónde estáis?
De nuevo el eco respondió, esta vez mucho más lejano y difuso. Apenas fue un susurro suspendido en el aire que llegaba con poca claridad. Tod dudaba qué dirección coger.

Y cogió la equivocada.



Sus pies se fueron cansando y el interminable laberinto parecía haber vencido. Ya no escuchaba el eco de su hermano, tan solo notaba a la casa respirar. Crujir. Llorar. Sonidos débiles y tenues que, en conjunto, se convertían en la extraña música del silencio.
Caminó agotado por un pasillo que le llevó a un lugar en el que no había estado antes. Se trataba de un corredizo de una profundidad casi invisible. Una de sus paredes daba al extremo oeste de la casa, y había grandes ventanales por los que se filtraba la luz platina de la luna.
Al otro lado, sobre la pared, descansaban pinturas de al menos diez palmos de alto. Tod paseó frente a la primera de ellas observando con detenimiento lo que estaba retratado.
Parecían ser una madre y un hijo. Ella era joven, radiante y con una sonrisa amplia dibujada en su boca. A su lado había un niño de al menos cinco años de edad. Tenía el pelo negro y los ojos azules, grandes, y brillantes. También reía mientras miraba de reojo a su madre, con el brazo alzado intentando acariciar el rostro de la mujer que le había dado la vida.
Era una foto feliz, puesto que Tod se descubrió sonriendo mientras la observaba. Continuó pues adelante y su mirada se depositó sobre la segunda pintura. Detectó a la misma mujer que en el otro cuadro, pero en aquel su rostro había perdido la sonrisa. A su lado no estaba el niño moreno del primer retrato. En su lugar había otro, de pelo castaño y mirada gris, que vestía ropas sucias. Parecía un pequeño vagabundo a juzgar por su aspecto y la extrema delgadez que tenía.
La sonrisa de Tod se alibió un poco. Y continuó adelante para observar otro cuadro en el que aparecía la misma mujer, mucho más desmejorada que en el anterior y junto a un niño diferente a los otros dos.
El patrón se fue repitiendo en todos los cuadros, la mujer que aparecía en ellos envejecía, como si los años de aquella persona pasaran a cámara rápida ante los ojos de Tod.
Finalmente llegó al ultimo cuadro. Aquella mujer había adoptado la forma de alguien a quien Tod conocía. Era, nada más ni nada menos, que la anciana Regina, y en aquella ocasión el niño que aparecía a su lado era el pequeño niño pálido llamado Thimoty.
Tod se quedó sin respirar observando la pintura, petrificado en aquella postura mientras intentaba descrifrar el enigma secreto que se escondía en aquella secuencia. Entrecerró la vista intentando leer el nombre que aparecía en la esquina inferior del cuadro, y se acercó hasta tener sus ojos a dos centimetros de distancia del lienzo. La firma era clara y concisa.

Thimoty.



A Bastian le dolía la mano. Thimoty se la estaba sujetando con fuerza mientras tiraba de él por el entramado de pasillos. El pequeño había percibido la ausencia de su hermano pero no había podido parar, puesto que su nuevo amigo lo arrastraba constantemente sin opción a frenar.
Llegaron entonces a las escaleras retorcidas que descendían a la planta inferior, y bajaron apresuradamente hasta llegar al vestibulo de entrada. Después continuaron y llegaron a la enorme puerta que daba acceso a la estancia en la que habían estado con anterioridad, justo antes de que Regina se despidiera de ellos por un instante y apareciera Thimoty para llevarles a su habitación de juguetes.
La puerta estaba cerrada, y Thimoty entonces frenó y miró a Bastian cara a cara.
   Antes de irte me gustaría enseñarte algo. ¿Podrás esperar aquí solo un minuto? — preguntó Thimoty con ambas manos entrecruzadas en gesto de suplica.
   Sí, claro... — susurró Bastian. — Yo esperaré mientras tanto a que baje Tod.
Thimoty asintió agradecido, y entreabrió la puerta y se coló al interior del salón dejando al pequeño Bastian completamente solo. Se filtró entonces un aroma a incienso y vela, un olor que se mantuvo en el aire varios minutos más después de que Thimoty cerrara la puerta.
Tod caminó al pie de la escalera y subió algunos tramos mientras observaba la densa niebla negra que se extendía en las profundidades del pasillo principal de la planta superior. Parecían verse sombras oscuras merodeando, como almas en pena que deambulaban en el limbo atrapadas en aquel lugar. Le pareció ver un destello brillante y notó el aleteo de un pájaro.
El ave apareció y depositó su figura sobre el reposabrazos de la escalera. Sus ojos amarillos observaban a Bastian, como si intentara advertirle de un mal presagio. Entonces la puerta por la que había entrado Thimoty se abrió de nuevo, y la voz de Regina se escuchó desde el otro lado, llamando al pequeño con una voz dulce y tranquilizadora.
El cuervo observó al niño moverse, y cuando lo perdió de vista se perdió el la propia oscuridad por la que había aparecido.



Tod acarició el dorso de la puerta, notó los años de la madera en su tacto, y lentamente la empujó para adentrarse al salón.
Regina estaba en mitad de la sala, sostenía entre sus manos el extraño muñeco articulado que había visto con anterioridad sobre la mesa. No se había fijado en los detalles hasta aquel momento, y cuando lo observó notó algo tenebroso en la figura.
Su rostro era de porcelana, con unos enormes ojos azules y brillantes hechos de cristal que eran tan fríos como el hielo, y un pelo color azabache despeinado pero bien cuidado. Iba vestido con un traje de color gris claro, con ciertas decoraciones rojas que conjuntaban con los mofletes del muñeco, donde habían dibujado unos espirales rojos que se retorcían sobre si mismos con trazos lineales y descuidados.
El muñeco tenía una sonrisa extraña en el rostro, como si se tratara de una mueca forzada que divagaba entra la felicidad y el horror.
De pronto Regina se acercó a Bastian muy lentamente. Sostenía el muñeco con una de sus manos, pero con la otra escondía a su espalda un objeto ancestral que poseía una magia tan remotamente antigua que estaba por ser olvidada.
Se depositó frente a él y le entregó el muñeco con delicadeza. Bastian lo sujetó con dudas, y miró a la anciana para comprobar que lo estaba haciendo correctamente. Aquel muñeco tenía el tamaño de un bebé, y sostenerlo entre sus brazos causaba cierta tensión en el chiquillo. Como si todos sus esfuerzos en no romper el muñeco estuvieran siendo depositados en aquel instante. Pero entonces lo observó con detenimiento y descubrió que el rostro del muñeco poseía un sin fin de cicatrices y grietas, lo que lo hacía mucho más frágil de lo que parecía hacia tan solo un segundo. Su pulso tembló por un instante y creyó perder la fuerza en los brazos. Sentía al pequeño juguete de porcelana deslizandose entre sus brazos, destinado a una caida segura.
Entonces Regina actuó con rapidez. Descubrió el objeto que había estado ocultando tras sus espaldas. Se trataba de un puñal de hoja plateada y zigzageante, con un mango dorado que simulaba el cuerpo de Anubis, el Dios de los Muertos de la cultura egipcia, con los brazos alzados en gesto de autoridad.
La anciana apuñaló a Bastian, y el cuchillo se hundió en el cuerpo del niño como  si este estuviera hecho de mantequilla.
   Abandona el limbo, pequeño Bastian. — le susurraba Regina mientras contenía el cuchillo en el interior del niño. — ¡Thimoty, ya puedes salir!
Bastian observó ojiplatico lo que ocurría a su alrededor. Notaba un fuerte ardor en la espalda, un dolor que empezaba a recorrerle todo el cuerpo con agresividad.
Thimoty entró al salón arrastrando una camilla de metal parecida a la de un quirófano, y sobre ella descansaba el cuerpo inerte de un niño. Bastian sintió vértigo al verse postrado sobre aquella mesa. Parecía uno de esos sueños en los que se veía durmiendo a si mismo desde las alturas, solo que en aquella ocasión no estaba durmiendo. Estaba muerto.
El puñal que sostenía Regina se encargó de arrancar la vida a aquella alma en pena, que se deslizaba lentamente desde su herida, y que lo hacía temblar.
Todo a su alrededor empezó a oscurecer y perdió vista, como si estuviera viendo el final de un tunel desde las profundidades, una luz lejana que a su vez era inalcanzable. Después miró de nuevo el rostro del muñeco que Regina le había dado y se aterró al ver el rostro de alguien humano. La porcelana se había convertido en carne, los ojos de cristal eran ahora reales, y la sonrisa había desaparecido para dejar lugar a unos labios que hablaban con lentitud.
   ¡Acepta mi corazón!

El espiritu de Bastian empezó a parpadear. Estaba desapareciendo y su cuerpo se difuminaba. Se estaba borrando y su piel traslucida dejaba ver a través de él. El puñal le robó el alma, y a los segundos todo lo que Bastian era en aquel momento, que no era más que un alma infante sin hogar, se convirtió en el poder de dar a luz una nueva vida.
Con lentitud Regina recogió el muñeco que se había caido a Bastian desaparecer, y lo observó con detenimiento para comprobar su estado. Había aparecido una nueva grieta, una diminuta que recorría la parte derecha del rostro del muñeco. Desde el párpado, al pómulo. La anciana depositó el muñeco con quietud sobre la mesa y caminó cojeando hacia su pequeño hijo Thimoty.
   ¿Estas preparado?
Thimoty asintió, sin miedo, y se deshizó de sus ropajes al completo. Su cuerpo desnudo quedó al descubierto, una figura escualida y pálida a la que se le marcaban los huesos en exceso. Sobre el corazón de Thimoty había una gran cicatriz que recorría su pecho, y los filamentos de metal con los que había sido saturada la herida estaban oxidados y descuidados. Los filamentos se hundían en la carne y volvían a salir, y todos ellos se enredaban en un candado de metal que colgaba del cuerpo del niño.
Regina se acercó sujetando entre sus manos el puñal con el que había erradicado el alma de Bastian. Lo depositó sobre un colchón rojo y posteriormente urgó en sus bolsillos en busca de las llaves. Extrajo un gran manojo y rebuscó hasta encontrar la adecuada, y se agachó lentamente para introducir una de esas llaves en el candado que colgaba del pecho de Thimoty. Giró la llave tres veces dentro de la cerradura y el engranaje cedió, haciendo que el candado se abriera y cayera al suelo atraído por la gravedad.
Entonces, lentamente, empezó a desenredar el cumulo de filamentos de metal que se hundían en la piel del niño pálido. Él se mantenía de pie, con los ojos cerrados, esperando a que su madre no fallara aquella vez.
Cuando se hubo librado de los puntos, Regina sujetó la piel y la abrió, dejando al descubierto el interior de Thimoty. Sus músculos estaban negros y sus huesos grises, y cerca del pulmón izquierdo bombeaba con ansia un corazón rojo y vivo.
La mujer lo sujetó con fuerza y lo arrancó del interior de su hijo, y el cuerpo de Thimoty se desprendió al suelo sin vida, el cual, rápidamente, acabó desintegrandose en cenizas.
Con una velocidad calculada Regina acudió al cuerpo de Bastian que dormía sobre la mesa de quirófano. Depositó el corazón, que aún latía, a un lado de la mesa y corrió hasta el cuchillo para sujetarlo con firmeza, y sin pensarselo desgarró el pecho de Bastian, mutilandolo y abriendolo en canal dejando a la vista gran parte de sus organos vitales. Brotaba sangre de su interior, no obstante rebuscó entre las visceras hasta encontrar el corazón del niño, que dormía plácidamente, para arrancárselo de sopetón dejando un enorme hueco en el cadaver.
Entonces, cuidadosamente, sujetó el corazón que había extraido de Thimoty, que continuaba latiendo de forma inexplicable. Lo alzó con ambas manos y lo depositó en el hueco que había en el cuerpo de Bastian. Encajaba a la perfección, tal y como habían creido desde el principio.
Lentamente, cerró el cuerpo del cadaver usando de nuevo filamentos de hierro, hundiéndolos en la carne y creando una red de metal que se enredaba hasta llegar a unirse en el centro del pecho. Regina se agachó y sujetó el candado que yacía en el suelo, y lo cerró sobre el pecho del cuerpo de Bastian. Introdujo de nuevo el candado y le dio tres vueltas para atrás. Y después guardó el manojo de llaves en su bolsillo.
Se quedó mirando el cuerpo durante unos instantes en los que no pasaron nada. Regina empezaba a impacientarse, aquella ocasión estaba tardando más que ninguna otra. Con el pulso tembloroso rozó a su nuevo hijo, pero este no se movio un ápice.
Muy lentamente depositó la cabeza sobre el pecho del muerto y notó como el corazón continúaba latiendo. Permaneció así por varios minutos hasta que sintió el pecho de Thimoty contrarse. Empezaba a respirar...
Abrazó con fuerza a su hijo y este abrió los ojos, ahora en un cuerpo nuevo. Aquella nueva piel llena de energia le proporcionaba una extraña calidez en su interior que hacía mucho tiempo que no sentía.
Y Thimoty entonces, atrapado en el cuerpo del difunto Bastian, abrazó a su madre por haberle dado a luz una vez más.
   Gracias... — le dijo con la voz entrecortada. — Te debo la vida, madre.







¿Hace mucho que estoy atrapado aquí?
¿Dónde está la salida?
Hace mucho frío...

Tod continuaba deambulando en el laberinto, buscando una forma de huir y reunirse con su hermano. El tiempo pasaba demasiado lento allí arriba, lo suficiente como para creer que llevaba al menos una década perdido entre aquellos pasillos.
Encontró lugares secretos en la casa, puertas ocultas que llevaban a habitaciones que ocultaban secretos. Había empezado a hablar con los cuadros, y estos casi siempre respondían. Aunque fuera con una sonrisa.
Aquel laberinto parecía cambiar, y los escurridizos entresijos que recorría eran siempre nuevos para él. Pero entonces, y tras mucho andar, pasó de nuevo por un lugar por el que ya había estado. Estaba caminando en circulos.
Observó, como antaño, de nuevo los cuadros que había en la pared. Regina de joven era terriblemente bella, pero los años le habían aportado todo rasgo posible de fealdad. Observó de nuevo los rostros de los niños, todos ellos diferentes. No supo que podía significar todo aquello, pero lo cierto es que le causaba mucha curiosidad.
Deambuló a lo largo de la galería hasta llegar al último cuadro, que, casualmente, era uno que no había estado la vez anterior.
Sus ojos observaron a Regina, más anciana que nunca, mirando de frente con una sonrisa extraña. Y a su lado, retratado, estaba su hermano Bastian.
Permaneció inmóvil por largo rato, y entendió que quizá nunca más volvería a verlo. 
Acarició el lienzo con tristeza, y entre lágrimas, se despidió.




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2 comentarios

  1. En dos palabras: qué angustia jajaja Atónita me has quedado jajaja
    Bueno pues ya lo tengo todo para hacer la reseña ^^ cuando la tenga te digo :)
    ¡Enhorabuena! Para ser algo que has ido haciendo sobre la marcha te ha quedado estupenda.
    ¡Un besazo!

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  2. Opino como Sara, para ser una historia que has escrito sin guión te ha ido quedando muy bien. Pobrecito Bastian por Dios, yo me quedé angustiada por Tod jajajajaja. Me ha gustado mucho mucho, siempre me sorprendes :)
    Un beso ^^

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