EROTICA pt 4 (+18)

8:39


Penúltimo capítulo. Esto ya va cerrándose.


Silencio. Durante unos segundos que parecieron eternos lo único que escuché a través del auricular fue su respiración entrecortada. No sabia que decir, no podía ni tan siquiera llorar, en mi cerebro se produjo un cortocircuito de tal magnitud que me obligaba a temblar. 

- Frederick. – dijo mi madre de pronto, sin apenas un ápice de sentimiento en la voz. – Has de volver. Cuanto antes.
- Sí, madre. – fue lo único que dije. 

Colgó. No se despidió, y yo me quedé petrificado, sobre mis rodillas temblorosas, con el teléfono aún en la oreja y escuchando los repetitivos tonos que anunciaban el fin de la llamada. 
Me senté al borde de la cama y los recuerdos eclipsaron mi consciente. Recordé la forma en que mi pequeña hermana me lanzaba las cartas del tarot, anunciando en cada tirada que iba a tener mucha suerte en mi viaje. Su dulce voz retumbaba en mi cabeza, como los ecos dolorosos de un recuerdo que jamás volvería a repetirse. Intenté concentrarme en ese sonido, consciente de que en algún momento olvidaría su voz. Su olor. Y el extraño brillo que había en sus ojos. Revisé las fotografías que había en mi galería y acabé encontrando las de ella. Noté un nudo en la garganta que me asfixiaba desde el interior, como si alguna parte de mi engranaje respiratorio empezase a fallar. Acaricié la pantalla y deseé con todas mis fuerzas poder viajar al pasado para despedirme, para hablarle con sinceridad, para confesar todo cuanto había ocultado y permitir que me conociera tal cual era, no por la réplica que había construido de mí mismo.

Volver a la tierra que me vio nacer suponía un reto ya de por si considerable. Revisé mi cuenta bancaria, en la que restaban unos pocos dólares. Wendy se encargaba de administrar mis gastos y se aseguraba de no dejar un céntimo en mi beneficio si ella podía atribuírselo. El único dinero que tenía era el que Gregor me había dado, y no era suficiente para costear el viaje que tenía por delante. La situación era complicada, y el traumatismo anímico que acababa de padecer no hacía más que oscurecer las cosas.

Durante aquella noche tuve repetidas pesadillas en las que la imponente sombra de mi difunto padre nos azotaba con el borde metálico de su cinturón. Mi hermana lograba escapar, pero yo siempre me quedaba atrás recibiendo los golpes. Me desperté en varias ocasiones, gritando y empapado de sudor, hasta que al fin no pude volver a dormir y vi amanecer. Me duché con agua hirviendo. Me picaba la piel en exceso y permanecer bajo aquel aguacero de fuego causaba cierto alivio inexplicable. Pensé qué hacer, cómo actuar ante todo lo que tenía por delante. Presentarme en la oficina de Wendy fue la decisión más lógica en aquella encrucijada. Y aunque sentía auténtico pavor, pues sabia que tras la puerta de aquel despacho no encontraría un rostro amable, tenía la remota esperanza de que el viejo y decrepito corazón de Wendy aún pudiese sentir lástima por alguien. Viajé en autobús hasta su nueva oficina, situada en el centro de Los Ángeles, en uno de los barrios más LGTBI-friendly de toda la ciudad. Caminar por aquellas calles podía suponer un retraso temporal considerable si lo hacía al descubierto, así que decidí ocultar mi aspecto con gafas y gorra, aunque ante los ojos de un consumidor voraz de porno dichos complementos no eran suficiente para pasar inadvertido.

- ¿Eres Rocco Star? – me preguntó un hombre de edad avanzada que estaba sentado frente a mí. - ¡No me lo puedo creer! – gritó eufórico mientras sacaba su teléfono móvil y me robaba un selfie. 

No fue la única foto que me tomaron en el trayecto, y yo a cada paso que daba más enfadado me sentía. Intentaba forzar una sonrisa amplia con la que contentar a mis fans, pues en parte gracias a ellos podía comer, pero a su vez deseaba esquivarlos y salir corriendo. 
Al fin llegué al edificio, una estructura de metal de treinta plantas. Wendy había invertido mucho en aquella nueva sede para su empresa, por lo que no dudó en escupir alto a la hora de elegir el despacho. El ascensor estaba estropeado, así que tuve que subir veintiséis plantas hasta llegar a los laberinticos pasillos que me llevarían hasta la puerta de mi agente. Piqué repetidamente, y su voz sonó al otro lado.

Adelante.

Al abrir la puerta y verme entrar su rostro se deformó por completo. Enrojeció de ira y se levantó de su nueva silla de despacho, de aspecto increíblemente caro. La mujer se acercó a mí, señalándome con el dedo índice y sin decir nada. Había estado catorce largos días sin dar señales de vida, y como siempre tenía que encontrar la forma más hiriente de abordar el tema.

No lo puedo creer, pero si el magnífico Rocco Star nos digna con su presencia. – no vi venir el bofetón que estalló en mi cara. – Maldito hijo de puta, crees que puedes presentarte aquí con esa carita de bonachón después de desaparecer. – pude esquivar el segundo bofetón que venía proyectado hacia mí. Sujeté el esquelético brazo de Wendy por la muñeca y apreté con fuerza. – ¿Qué estás haciendo? ¡Suéltame! 

Empujé a Wendy con más fuerza de la necesaria, y esta cayó al suelo de espaldas. Sin apenas ofrecerme a levantarla rompí a llorar como un niño, y pude ver como su rostro cambiaba por completo. Ya no había ira, sino dudas, no comprendía nada de lo que estaba sucediendo y era el momento de darle una explicación.

Lamento mucho la pérdida, Rocco. – dijo Wendy cuando acabé de contarle lo sucedido, ella acariciaba mi espalda con su huesuda mano. Las diferentes pulseras de su muñeca tintineaban con cada movimiento. – Pero lamentablemente no puedo pagarte un viaje ahora mismo. – noté aquellas palabras como si fueran un cubo de agua helada sobre mí. La miré, herido de gravedad. – No tenemos presupuesto para ello, cariño, además ¿cómo saber si realmente vas a volver? ¡No tengo ningún tipo de garantía!

Se levantó, y dando zancadas lentas y acompasadas se sentó en su trono. Rebuscó en la mesa varios papeles sin decir nada más, y cuando se percató de que aún no me había marchado me miró con una ceja alzada y los labios apretados. 

Te llamaré cuando tenga algo para ti, por ahora tomate unos días de descanso. Los necesitas. – sentenció, volviendo a su mar de papeleo sin atender.
¿Por qué haces eso? – le pregunté, mirándola realmente impresionado. 
¿Qué es lo que hago exactamente, Rocco?
Haces como si todo te importara una mierda.

Alzó la mirada, me miró fríamente, y se reclinó en su butaca, poniéndose cómoda para lanzar el veneno que aguardaba en su interior.

Razón no te falta, cariño, me importa una mierda que tu hermana la haya palmado. Has estado dos semanas desaparecido, Rocco. Dos semanas. ¿Y ahora reapareces para contarme tu dramática vida con la esperanza de que sea yo tu heroína? Las cosas no funcionan así, pequeño, deberías saberlo ya…

Sentí que podía caerme en cualquier momento, así que me sujeté con fuerza a la silla. Todo me daba vueltas, notaba mi corazón realmente acelerado. Me temblaban los brazos y las piernas, quizá de ira o de miedo. 

Te buscaré trabajo pronto, lo prometo, pero ahora estoy muy liada. Mientras tanto haz algo productivo, déjate ver por la ciudad, sal de fiesta, ¡despéjate, por el amor de dios!

Tenía tanto que decirle, tanto que gritarle y reprocharle, que apenas supe por dónde empezar. Me levanté y caminé hacia la puerta, y en aquel proceso pude notar la gravedad del mundo sobre mi espalda. Mis pisadas fueron lentas, y noté en todo momento la mirada de Wendy fija en mí, queriendo perderme de vista cuanto antes. 

Por cierto, Rocco. – dijo justo antes de que cerrara la puerta. – Yo de ti atendería el teléfono la próxima vez que te llame. Estoy a punto de perder los nervios contigo, y ninguno de los dos quiere que eso ocurra, ¿verdad?
Vete a la mierda. – contesté, para después irme de allí pegando un fuerte portazo.

Creí que moriría en el descenso a la calle. Sentía la ansiedad oprimiendo mis pulmones, notaba fuego en los ojos, y unas ganas de llorar que estaban por vencer mi dureza emocional. Me faltaba el oxigeno, las piernas no me reaccionaban con normalidad, un solo pensamiento ocupaba mi mente: deseaba desaparecer. Dejar de existir. Parecía el único modo de deshacerme de todos los problemas. Me arrepentía de ese viaje, una aventura frustrada que estaba haciendo de mi vida un desastre. Pensé en la facilidad con la que todo podría terminar, dejarme caer ante un coche en marcha, o desde una ventana. En un abrir y cerrar de ojos mi sufrimiento acabaría. Me sorprendí a mi mismo teniendo esa clase de pensamientos y decidí fumarme un porro para tranquilizarme. Quizá después de una dosis de THC vería el mundo de otra forma, y lo cierto es que causó efecto. Me senté en un parque, ocultándome de miradas curiosas, y saqué mi teléfono móvil del bolsillo, atestado de notificaciones, como siempre. El chico del autobús había subido la foto que me había robado, y tenia al menos un centenar de retweets.
De pronto el teléfono empezó a vibrar y la foto de Agatha apareció en la pantalla, acepté la llamada dando un largo suspiro y me llevé el auricular a la oreja.

- Buenos días dormilón, ¿te has olvidado de nuestra cita? – dijo con su típica vocecilla de hada. 
- Hola, Agatha. Que va, no me había olvidado. – mi voz temblaba, y ella pudo notar aquella vibración.
- ¿Estás bien? ¿Rocco?
Ya estaba llorando. Me mantuve en silencio, alejando el teléfono para que Agatha no escuchara mi llanto. Al tranquilizarme volví a llevarme el aparato a la oreja.
- Rocco, ¿dónde estás? 

Tardó menos de diez minutos en presentarse en el Parque Dorado. Lo hizo en la parte trasera de una motocicleta de proporciones gigantescas, conducida por alguien que permaneció en la lejanía mientras Agatha corría a mi encuentro. Me abrazó, se sentó a mi lado, y me escuchó durante los largos minutos en los que relaté todo lo sucedido. Tenia su mano entrelazada en la mía, y sus ojos lagrimeaban de rabia al escuchar cuanto me había sucedido. 

- Menuda bruja esa Wendy. – dijo Agatha, con el rostro congestionado. – El día que muera pienso cagarme en su tumba. 

Me reí, aunque fue una carcajada desganada, realmente pésima. Ella me besó en la mejilla y volvió a abrazarme. 

- ¿Cuánto dinero necesitas? – me preguntó. 
- Olvídalo, Agatha, yo jamás podría pedirte algo así. 

Se hizo un silencio incomodo, y la mirada de Agatha se cruzó con la del motorista misterioso. Se saludaron con la mano, y sin apenas mirarme Agatha habló de nuevo.

- Tiene miedo. – dijo, como si estuviera atrapada en alguna especie de sueño. 
- ¿Cómo dices?
- Él. – dijo, con desgana. – Quería verte, pero tiene miedo. 

Miré en dirección al motorista. Aún no se había quitado el casco, y permanecía sentado sobre su motocicleta observando la pantalla de su móvil. Cuando alzó la vista de nuevo distinguí sus preciosos ojos. Era Dylan.

Ha sufrido mucho durante tu ausencia. Tiene la convicción de que desapareciste por su culpa. Yo insistí en que no le diera más vueltas, pero ahí donde lo ves es un tipo realmente acomplejado…
Tenía razón. – dije, sin pensar. Agatha me miró sorprendida, esperando más información. – Él fue el motivo por el que me marché. 

Me levanté. No sabía bien cómo abordar la situación, así que dejé la mente en blanco y me permití actuar con sinceridad. Caminé hasta los extremos del parque, donde Dylan aguardaba. Al verme cada vez más cerca decidió quitarse el casco. Dejó al descubierto su bonita cara morena, y me sonrió como tan solo él sabía hacer. Al verle la nariz no pude evitar sonreír, continuaba ligeramente inclinada, aunque como ya le había dicho en otra ocasión aquello le hacía verse un poco más sexy.
Una vez frente a él, no pude hacer más que abrazarlo. Confuso, él esperó unos segundos antes de rodear mi figura con sus brazos. Sentí una calidez extraña que nunca antes había notado. Incluso percibí pellizcos en el estómago que provocaron cosquillas. Al separarme de él le sonreí, tímidamente, y él borró su sonrisa de inmediato. Percibía mi dolor aún sin decirle nada.
Contarle todo no fue nada difícil. La información fluyó, y él escuchó. Se encendió un cigarrillo mientras atendía a mis palabras, y no me interrumpió en ningún instante. Lloré, y el limpió mis lágrimas con sus dedos. Una vez acabé posicionó su brazo sobre mis hombros, y acercando sus labios a mi oído susurró.

Déjame acompañarte a casa, Rocco. No quiero que vayas solo.
Me quedé en silencio, me pareció extraño que se ofreciera a hacer tal cosa. Lo miré, con dudas, y negué con la cabeza. 
Escucha. – dijo, sujetando mi barbilla con sus dedos, ahora con un tono mucho más grave y serio. – No vas a enfrentarte a todo esto tu solo. No lo voy a permitir.

Y no lo permitió.

Dylan compró los billetes de avión para lo antes posible sin apenas consultarlo conmigo. Aquello me enfureció en cierta forma, pero a su vez me gustó. Sentí emociones hibridas a su lado, y en ocasiones quería golpearle y en otras abrazarlo. Me sonsacó sonrisas de la forma más ridícula, y estuvo a mi lado cuando lloraba la pérdida de mi hermana. Fueron unos días grises en los que permanecí muy bien acompañado, aunque en ocasiones añoraba la soledad.
Al fin llegó el día de partir y Agatha nos acercó al aeropuerto. Se despidió de ambos, con profundos besos en los que su lengua se introducía en nuestras bocas. A fin de cuentas, ya lo habíamos hecho antes, y para ella aquello le daba los permisos necesarios para compartir su saliva con nosotros en cualquier punto del espacio tiempo. Ninguno de los dos la frenó, y de camino al acceso de seguridad nos reímos entre dientes.
Ya en el interior del avión, con el cinturón puesto, noté el teléfono vibrar en mi bolsillo. Wendy me estaba llamando, y sus palabras sonaron en mi cabeza en modo de advertencia. 
Yo de ti atendería el teléfono la próxima vez que te llame. Había dicho. Estoy a punto de perder los nervios contigo, y ninguno de los dos quiere que eso ocurra, ¿verdad?

Disculpe. – dijo la azafata de vuelo al ver mi teléfono. – Debe apagar todos los aparatos electrónicos. Estamos a punto de despegar.

La cara de Wendy desapareció al instante y su lugar lo ocupó una pantalla negra como el carbón. Guardé de nuevo el teléfono en el bolsillo e intenté relajarme. Volar no era una sensación agradable para mí, y en parte me provocaba cierta ansiedad que me hacía respirar con brusquedad. A mi lado estaba Dylan, distraído, leyendo una revista de moda masculina. Respiraba profundamente, nada alterado. De pronto el avión inició la maniobra de elevación y noté cada vibración en mi cuerpo. Estaba sudando, un sudor frío y molesto bañaba mi espalda y mi frente. Cerré la ventanilla pues ver la ciudad cada vez más alejada no ayudaba en mi proceso de relajación. Apreté la mandíbula y cerré los ojos, y medité repetidamente en busca de paz. 

Una paz que encontré tan solo cuando él sujetó mi mano. 


A miles de kilómetros de allí, en aquel preciso momento, mi madre recibía un correo electrónico comprometido de un remitente que no conocía. El contenido del mensaje no era más que un listado considerable de links, y cada uno de ellos redirigía a un portal porno en el que aparecía yo en portada, con mi enorme falo al descubierto, y con hombres de todo tipo arrodillados ante mí. Mi madre, estupefacta, cerró enfurecida la pantalla del portátil. Notó de pronto una sensación febril que la enfermó. Se metió en la cama y rezó por su único hijo en vida, quien, a juzgar por las pruebas que acababa de recibir, caminaba dirección al mismísimo infierno. 


  

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1 comentarios

  1. OSTRAS. Vale, sabía que Wendy era una c******, pero hacer justo eso... No me lo esperaba. Está muy bien la historia, ¡no quiero que acabe! Y ojalá Dylan y él acaben juntos. Porfis, no nos hagas sufrir.
    ¡Un besazo, Mikel! Feliz verano

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