EROTICA pt 5 (+18) // FINAL

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Cuando llegas al final del camino te sientes incompleto, como si tuvieras la certeza de que te dejas algo en el tintero.


EROTICA
PARTE 5

La granja continuaba tal y como la recordaba, solo que ligeramente cambiada, como si el abandono empezase a causar estragos en ella. Habíamos tardado días en llegar, el viejo y destartalado coche que habíamos alquilado había decidido descansar por su cuenta en varios puntos del recorrido. Ese viejo motor oxidado nos abandonó en mitad del trayecto, y nos vimos ambos perdidos al margen de la carretera, con la impávida noche envolviéndonos, improvisando una pequeña fogata con la que mantener el calor. Dylan aún conservaba las distancias, aunque en sus ojos veía las ganas que tenía de abrazarme. Habíamos hablado mucho, de tanto y tan poco que ya nada de aquello importaba. Me escuchaba llorar cada noche y él acariciaba mi mano, como si con aquel gesto intentara consolarme. Lo cierto es que lo lograba, pues tenerlo a mi lado me provino de las fuerzas suficientes como para continuar adelante. Pero cuando las palabras escasearon, el silencio me hizo flaquear. Me acerqué a él y busqué cobijo entre sus brazos. Lo miré a los ojos, buscando en ellos una sola razón para no hacerlo, y sin opción a réplica le besé. Lo desnudé lentamente, a la luz de la pira, y recorrí con mi lengua cada parte de su esculpido cuerpo. Dejé mi mente en blanco, y disfruté de cada caricia, cada mordisco, cada beso y cada sacudida. Ya al final, él sobre mí y aún en mi interior, dejé que me abrazara y me besara la columna. Permanecimos allí, abrazados y en silencio, durante horas. Esperé a escuchar su fuerte respiración para liberarme de su abrazo y caminar ante la oscuridad que nos rodeaba. Totalmente desnudo, me introduje en el boscaje como si hubiese perdido algo en aquel paraje. En mi cabeza empezaron a precipitarse cada uno de aquellos pensamientos que tanto me aterraban. Dylan, y todo lo que significaba estar con él, era el principal terror que me acongojaba. Parte de mi desconocía el motivo que me llevaba a hacer todo aquello, pero en el fondo sabía que lo deseaba, tanto o más que él a mí. Pero a la hora de la verdad era frío y distante. No era capaz de besarle a no ser que fuera a follarle inmediatamente después. Era imposible darle la mano sin un motivo de peso. En ocasiones incluso evitaba mirarlo a los ojos, tan bellos y llenos de vida, por miedo a flaquear de nuevo y sentir la necesidad de hacerle el amor. Él percibía todo aquello, y lo aceptaba en silencio, sufriendo las consecuencias de un deseo prohibido, cohibido y secreto.

Llegamos un miércoles a las once de la noche. Hacía frío, como de costumbre en aquel lugar, y mientras Dylan sacaba las maletas del maletero yo permanecí en silencio, observando el lugar en el que me había criado. Me pareció extraño no escuchar la voz de mi hermana, ni observarla corriendo colina abajo para abrazarme. Noté cierta presión en el estómago al confirmar que todo cuando madre me había dicho era cierto. Había dejado de existir para siempre.

Ascendimos hasta la puerta principal, como siempre abierta. Dylan dejó las maletas junto a las escaleras y me miró confuso, a esperas de saber qué hacer. El lugar parecía terriblemente desolado, como si el abandono ocupara aquel espacio como una presencia física y tangible.

        Espera aquí.  – dije, mientras subía escaleras arriba, realmente extrañado de no encontrar a madre en el salón, a esperas de nuestra inminente llegada.

Caminé a lo largo de los mismos pasillos que había dejado atrás en la memoria. La puerta de la habitación de mi hermana estaba cerrada, el cartel con su nombre permanecía intacto sobre la superficie de madera. Apenas puede leerlo en voz alta. Evité cualquier impulso de entrar al interior, no deseaba enfrentarme a ello en ese instante, así que continúe adelante. La siguiente puerta llevaba a la que había sido mi habitación durante tanto tiempo, y dentro todo permanecía tal cual lo había dejado, inclusive la cama deshecha. Más al fondo se encontraba la habitación más amplia de todas: la de mi madre. Al acercarme al final del pasillo percibí que la oscuridad se volvía mucho más densa. La puerta permanecía entreabierta y en el interior tan solo podía percibirse la iluminación de una televisión encendida. Observé a través de la hendija y descubrí un bulto en la cama, cubierto con sábanas, de espaldas a la puerta. Piqué con los nudillos sobre la madera de forma sutil, intentando no asustarla, pero no obtuve respuesta. Caminé hacia el lecho, de puntillas, y observé el rostro de la mujer que se ocultaba entre sus cobijas. Estaba profundamente dormida. Sujeté el mando a distancia, que permanecía entre sus manos, y apagué el televisor.

Al bajar las escaleras descubrí a Dylan curioseando cuanto había a su alrededor. Miles de cuadros fotográficos cubrían las paredes. Muchas de esas instantáneas las había tomado yo mismo, en cierta época en la que desarrollé cierta pasión por la fotografía.  De todas ellas había una que recordaba con especial cariño. Se trataba de una instantánea en la que aparecía la vieja casa en la que habiamos vivido desde siempre, solo que en su forma primitiva antes de que mis padres la reformaran por completo. En la puerta estaban madre, padre y mi hermana. Todos ellos sonreían, saludando a la cámara.

        Mi madre duerme. – dije, y Dylan dejó cuanto estaba observando para prestarme toda su atención. – Subamos a mi habitación. Descansemos un rato.

Ascendimos de nuevo, cargando el equipaje e intentando no hacer ruido. La pared repleta de fotografías se extendía escaleras arriba y por todo el pasillo. Dylan las observaba, intentando memorizar una vida que no había sido suya. Antes de entrar a mi habitación pude percibir de nuevo el sonido del televisor de madre. O bien se había despertado, o quizá había fingido estar dormida para retrasar un encuentro conmigo. Ambas opciones me parecieron igual de probables. En todo caso decidí respetar su encierro y aproveché para poner en orden un caos que llevaba más de dos años sin atender. Me deshice de las sabanas polvorientas y puse unas nuevas. Dylan abrió las maletas y buscó hueco en un armario repleto de ropa anacrónica. De vez en cuando sacaba algo del interior y lo observaba incrédulo, sin creer que alguien como yo pudiera haber vestido harapos de ese estilo. Ya listos, y con el pijama puesto, ambos nos metimos en una cama diseñada para un solo cuerpo. Él me abrazó con fuerza, y pronto caí rendido ante un profundo sueño que rápidamente se convirtió en pesadilla.

En mi inconsciente permanecí atrapado en mi cuerpo de niño. Fuera acontecía la peor de las tormentas que mi memoria conserva. La habitación de mi hermana permanecía iluminada por varias velas que ambos habíamos encendido. Yo, en el centro de la estancia, estaba disfrazado con ropas de princesa que ella había elegido para mí. Ambos chillábamos, reíamos, y luchábamos contra monstruos imaginarios que veíamos en la oscuridad. Ella era una princesa guerrera, y yo también, aunque había accedido a ello de mala gana. Tenía una espada de madera en las manos y correteaba a lo largo del pasillo, chillando auxilio, esperando que mi hermana regresara a mi lado y luchara junto a mí. Una hidra de mil cabezas intentaba matarnos, y cada vez que le arrancábamos una cabeza otra más crecía en su lugar.

        ¿Qué hacemos? – gritaba yo, sin aliento.
        ¡Tenemos que atacarle en el corazón! – respondía ella.

Sentíamos la adrenalina en nuestras venas, propulsada a través de nuestro organismo y producida tan solo por lo que nuestra imaginación dictaba. Estábamos sudados, inmersos en una burbuja que explotó en el mismo momento que escuchamos la puerta de entrada cerrarse.

        ¿Niños? – la voz de padre sonaba como todas las noches. – ¿Qué estáis haciendo?

Los pesados pasos de padre ascendieron a través de las escaleras. El haz de luz que escupía la linterna que sujetaba entre sus manos acabó por encontrarme en las sombras, disfrazado de princesa.

        ¿Qué coño haces? – preguntó, furioso. – ¿A caso tienes un coñito entre las piernas?

Mi hermana corrió hacia su habitación, pues sabía lo que a continuación ocurriría. Padre me sujetó del cuello y me golpeó repetidamente hasta que el dolor se tornó en una latencia lejana que apenas percibía.

        ¡Sé un hombre! – gritaba entre golpe y golpe. – En esta casa no aceptamos maricones.

Desperté con el corazón acelerado. Dylan dormía, parecía ajeno a mi malestar. Salí de la cama y caminé a lo largo del pasillo, y cuando me topé con la puerta de mi hermana frené mis pasos y sujeté el pomo con decisión. La abrí, lentamente, y sentí como el mundo se derrumba al otro lado. Olía a ella, a vainilla y canela. Entré y me senté en su lecho, abrazando las almohadas en las que un día ella durmió. Miré el techo, en donde había pinturas en forma de constelación. Permanecí allí minutos, ignorando la presencia que se encontraba al otro lado de la puerta, observándome.  Fue el sonido de la cucharilla chocando contra las paredes de la taza de té lo que me despertó de mi ensoñación dolorosa.

        Madre. – dije. Mi voz era la de un niño roto, su mirada la de una madre enfadada. – Madre…

Recuerdo romper a llorar, buscar el consuelo de madre y encontrarme con un muro impenetrable. Me miraba con odio, con repugnancia, sin apenas la calidez de una progenitora.  

        No deberías haber venido. – dijo, con una voz monótona, fría, sin compasión. Bebió un sorbo de té, y produjo un ruidito molesto en el acto.
        Fuiste tú quien lo sugeriste, madre…
        Pensé que sería buena idea tenerte aquí después de la terrible pérdida… – susurró. Apenas me miraba, en su lugar observaba un punto fijo en la lejanía, como si cualquier distracción pudiera hacerle cambiar un discurso perfectamente memorizado. – ¿Quién es ese hombre que duerme en tu cama? – preguntó. Justo en ese momento su mirada azul se cruzó con la mía, noté un brillo extraño en ella, como si se tratara de un depredador que lentamente acorrala a su presa.
        Se llama Dylan. – contesté. No tenía intención de poner ninguna etiqueta a mi relación con él.
        He rezado mucho a Dios estos días… – otro sorbo de té, mucho más pausado y sonoro, provocó una pausa dramática que me puso nervioso. De nuevo devolvió la mirada a ese punto lejano que tan solo ella conocía. – He tenido largas conversaciones con Él, cada madrugada, hasta ver el sol de nuevo nacer. He recitado las santas escrituras en busca de fe, pero jamás he obtenido respuesta. Imploraba que me la devolviera, sana y salva, aunque sea tan solo para poder abrazarla una última vez.  He llegado incluso a suplicarle que te lleve a ti en vez de a ella…

Aquello me pilló desprevenido. Me quedé petrificado, sin apenas fuerzas para pestañear. Mis cuencas se llenaron de lágrimas y brotaron de mis ojos cascadas de desolación. Quería pedirle el motivo por el cual había hecho algo como tal. Quería saber por qué estaba diciéndomelo, con qué intención. Pero no fui capaz de formular palabra alguna.

        Tu padre me lo advirtió durante años, pero nunca quise hacerle mucho caso. Supuse que su doctrina acabaría por domarte, que abandonarías cualquier idea desviada que hubiese germinado en tu cabeza. Pero aquí estas… Durmiendo bajo mi techo con otro hombre.

Tras aquellas palabras se produjo un silencio abrupto. Solo se escuchaba la cucharilla del té, sonido cacofónico que retumbaba en mis oídos. En ningún momento pensé que mi madre pudiese recibirme así, y mi cabeza estaba asimilándolo de forma rápida y dolorosa. Con mis manos, intentaba destrozar la almohada de mi hermana. Sentía ganas de romper algo, lo que fuera, para liberar así la tensión que había en mi interior.

        Quiero que os vayáis temprano. Y no vuelvas, hasta que te arrepientas de tus actos. En esta casa…
        no aceptamos maricones. – finalicé la frase, y mi madre asintió aprobando mis palabras. Apuró el resto del té y sin despedirse se hundió en las tinieblas.

Aquellas fueron las últimas palabras que escuché decir a mi madre. Obedeciendo sus órdenes, antes del amanecer, desperté a Dylan y deshicimos todo el trabajo de la noche anterior. Bajamos el equipaje en silencio, y justo antes de salir por la puerta robé la fotografía que tanto me gustaba de la gran colección que teníamos. En el coche, Dylan preguntó hacia donde nos dirigíamos. Yo le imploré que tan solo condujera hasta alejarnos de allí. Observé mi antiguo hogar haciéndose minúsculo en el horizonte hasta finalmente perderlo de vista, y habiéndolo dejado atrás sujeté la fotografía que había robado y la observé con dificultad. Padre, madre y hermana, sonriendo a la cámara, sobre la colina en la que se alzaba la casa en la que viviríamos. Yo no aparecía en aquella foto. Quizá hubiese sido mejor así, pensé.

Dylan quiso sujetarme la mano, pero rehusé aquel acto de forma involuntaria. Extrañado, recuperó el volante y continúo conduciendo sin decir nada. Me acurruqué en mi asiento, mientras el sol despuntaba el cielo en aquella mañana de verano. Abrí la ventanilla para que el aire fresco colisionara en mi cara. De nuevo las ideas y los pensamientos brotaban en mi cabeza de forma asesina. Me sorprendí sujetando la manivela con intención de abrir la puerta y dejarme caer con el coche en marcha. Miré a Dylan, concentrado en la carretera, y supe que aquella no era forma de agradecerle cuando había hecho por mí. Le agarré la mano, apoyada en la palanca de marchas, y no la liberé hasta que llegamos a las puertas del Cementerio Kroveskov Hill. No le había dicho que me llevara allí, pero Dylan sabía que aquel era el lugar al que tenía que ir.

Nos recibió la escultura de un ángel con las alas alzadas y las manos ocultando su rostro. Tras la imponente figura, un arco medieval que daba acceso a la tierra santa. Un centenar de cruces de extendía sobre un verde prado, y varios caminos discurrían entre las tumbas en direcciones opuestas. Deduje que mi hermana estaría junto a mi padre, así que caminé en silencio intentando recordar qué dirección tomar. Llegué al campo de naranjos y a la fuente magna, una espléndida creación que descubrí de pequeño el día en que enterramos a padre. Miré en la distancia, a lo alto de la colina, y la encontré. Era una cruz blanca, idéntica a la padre. Rogué a Dylan que me esperara y ascendí con el corazón encogido. Ya frente a la cruz pude ver su nombre tallado en la roca, y el peso de la verdad me hizo caer de rodillas. Mis lágrimas cayeron sobre la arena, aun húmeda tras el entierro. Quise decir unas palabras, cuando percibí algo frente a mí. Al alzar la mirada la vi. Era ella. Tal y como la recordaba. Su bonita cara sonreía, sus ojos brillaban.

        Hola, hermanito. – me dijo. Su voz sonaba en mi cabeza, cerré los ojos varias veces para asegurarme de que lo que veía no era irreal. – Gracias por venir a verme desde tan lejos.
        Adelaida… – susurré, no daba crédito a lo que estaba sucediendo. – ¿Cómo es posible…?
        Hermanito… No tenemos mucho tiempo. – caminó a mi lado y se arrodilló. Tenía un vestido azulado claro, a juego con su mirada. – Has cambiado mucho desde la última vez…
        Lo sé. – dije, consciente de mi evolución en aquellos dos años que había estado en Los Angeles. – Adelaida, ¿qué te sucedió?
        La tristeza… – me dijo, mostrándome sus muñecas para que pudiese observar las heridas abiertas en ellas. – Sabes de qué te hablo.

Me acarició, noté frío allá donde sus dedos me tocaron. Besó mi frente, y recibí aquel regalo con los ojos cerrados. Temí que al abrirlos hubiese desaparecido, pero allí continuaba.

        ¿Por qué huyes? – me preguntó, de forma enigmática. – Tienes motivos para encontrarla.
        ¿De qué hablas?
        De la felicidad, hermanito. Parece que quieras mantenerla alejada de ti.

Observé a Dylan, distraído con el paisaje, y de nuevo miré al fantasma de mi hermana.

        Lo que dijera padre se desvaneció el día que nos abandonó. Y lo que diga madre, perecerá con ella el día que venga a este lado. Frederick… – su voz se tornó mucho más cariñosa y débil, como un grito lejano de amor desesperado. – Encuéntrala. No huyas. Búscala por mí.

Sus palabras vibraron en el viento y su imagen desapareció tal cual había llegado. Me quedé mirando el cielo azul, allá donde mi hermana estaba, y de pronto dejé de llorar. Busqué el cuadro que había robado de casa de madre y lo deposité sobre la arena. Me levanté, mucho más ligero, y observé la tumba de mi hermana por última vez.

        Te quiero. – le dije. – Te prometo que la buscaré.

El viento pareció responderme en su nombre.

La encontrarás…


EPILOGO

Han pasado ya cinco años de todo lo que os he contado. La vida continúa, en ocasiones tan complicada como antaño. En su día ignoraba que aún me quedaban pendientes algunas lecciones por tomar, pero ahora tengo claro que no lo sé todo, y que el día menos pensado puedo caerme de bruces al suelo por culpa de la piedra más insignificante que encuentre en el camino.

De Rocco lo sabéis prácticamente todo ya. El sabor de su helado favorito. El lado de la cama en el que duerme. El color que prefiere para la ropa interior. Todo está en Google, solo hay que buscarlo. Quizá en el futuro a Wendy se le ocurra hacer una versión especial del Trivial para los fans, y lo cierto es que no me parecerá mal si con ello llenamos nuestros bolsillos.

Sí, para vuestra sorpresa (y la mía) esa vieja aún continúa viva, aunque en apariencia mucho más joven a causa de la adicción que ha desarrollado por la cirugía estética. Continúa siendo la misma hija de puta de siempre, con la diferencia de que ahora sé que soy un producto indispensable en su colección, y de ello puedo aprovecharme. Podría irme con cualquier otro, me llueven ofertas de cifras astronómicas, pero en la práctica Wendy ha sido la única que ha rentabilizado mi nuevo estilo de trabajo.

Llevo cinco años haciendo porno exclusivo con él. En ocasiones invitamos a un tercero, normalmente estrellas emergentes a quienes ayudamos a prosperar, o simplemente nos la meneamos ante la cámara para nuestros seguidores. Nos hemos convertido en el Brangelina de la industria porno, y es que cinco años de relación nos convierte casi en la marca perfecta.

El día de nuestra boda hubo más de un centenar de invitados, un evento por todo lo alto en el que no faltaron fotógrafos espontáneos capturando el momento del primer beso como marido y marido. Para más inri, nuestro primer polvo como casados fue retransmitido en directo y más de un millón de usuarios pagaron por verlo, algo que solo puede describirse con una palabra: acojonante.

Ahora vivimos en una casa frente a la gran colina de Hollywood. Nuestra familia ha crecido con dos dogos y tres chihuahuas. Lo cierto es que los paseos a media tarde se convierten en un evento multitudinario que nadie quiere perderse.  Él adora a sus chihuahuas, aunque para mí no son más que pulgas diminutas que ladran en exceso.

En estos cinco años he aprendido a no esconderme. Ha sido un proceso largo y duro, en el que he tenido que desprenderme de corazas sobre corazas que había construido alrededor de mi corazón. Dylan supo deshacerse de ellas hasta encontrar lo que había oculto en mi interior, y le estaré eternamente agradecido por ayudarme a encontrar aquello que mi hermana quería para mí. Pero, a diferencia de lo que muchos pensáis, no es él con quien comparto mi vida ahora.

Mi relación con Dylan fue difícil, en parte, porque era mi primera relación estable con un hombre. Todo me daba miedo, incluso pasear de la mano en la avenida al puerto. Él aguantó hasta que finalmente decidió no soportar más la presión de estar con alguien a quien no podía conocer al completo. Me arrepiento de ese muro que había construido a mi alrededor, un muro que me protegía, pero a su vez me aislaba de cuánto me rodeaba.

Querré a Dylan siempre por la lección que me dio. Por cuanto me enseñó. Y por lo mucho que le quise sin apenas ser consciente de ello.


Pero no creáis que la historia se vuelve triste en este punto. Él está felizmente casado con un hombre al que adoro, alguien que sí supo hacerle feliz desde el primero momento. Dylan acabó abandonando la industria del porno y fundó tres empresas de moda masculina. En la actualidad, prácticamente todo mi armario está vinculado a él. ¿Lo captáis?

Antes de despedirme quisiera presentaros al hombre a quien amo. Su nombre es Viktor. Lo conocí en uno de mis viajes por Europa. Repetí destino hasta en tres ocasiones en aquella ruta, pues quedé prendado de él desde el primer momento. Nada más verlo las palabras de mi hermana resonaron en mi cabeza como la alarma que advierte de lo inevitable. Le sonreí, ignorando que con él compartiría una vida, y bebí a su lado hasta el delirio, hablando de todo, conociéndole, abriendo mi corazón de una forma que apenas creía posible. Ya en la noche, todos los clubs cerrados, nos fundimos en un beso que me hizo vibrar. Quise bajarle los pantalones allí mismo y follármelo en un párking, algo habitual en mí en aquella etapa de descontrol sexual. Pero él sujeto mi mano y negó con la cabeza. "Hagámoslo bonito." dijo.  

Y así lo hicimos.





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